Exposiciones

jueves, agosto 25, 2005

Hoy he vuelto a ver el Jardín


El Jardin encantado

Obra "El Jardin encantado" 100x80cm. 1988 de Arturo Carrión

Hoy he vuelto a ver el jardín...



Ese pedazo de luz verde, matas y árboles que yo pensaba mío, cuando lo cuidaba con adoración y orgullo, creyendo estúpidamente que era producto de mis manos, mi vida y mi tiempo... que yo era la dueña de su felicidad o su muerte... haciendo de Dios en su pequeño Edén... transplantando, sembrando, podando... cambiando el orden natural y abstracto de las cosas por otro personal y absurdo...

Cuando la luz y el aire dejaron de tener sentido para mí...
Cuando el dolor se instaló en mis horas y mi mente...
Cuando mi vida entró en el negro y en el gris... sentí la necesidad de dejarlo esperando que muriera poco a poco de soledad y abandono.
Quería que una pequeñísima parte del mundo muriera porque yo lo deseaba... porque yo lo había decidido así.
Durante meses de calor tórrido y viento me negué a regarlo mientras oía sus gritos pidiendo agua... me negué a pisarlo... a verlo siquiera, en una ignorancia absoluta de su suerte... deseando que las fréesias, amapolas, gladiolos, calas, siemprevivas, lavandas y glicinas murieran achicharradas bajo un sol impenitente.
Sintiendo un odio irracional, una antipatía absurda por lo que creía mí obra.

Pero hoy... hoy lo noté, sentí su voz, su llamada.
Esperaba encontrar un amante moribundo por mi ausencia...
Lo he mirado lentamente, largamente parándome en cada hoja, cada brizna, cada sombra.
Mis plantas han muerto casi todas, delicados seres de lugares remotos, pero en su lugar han crecido con fuerza inusitada geranios rojos y hortensias rosas, azules y moradas.
El laurel, los castaños y el roble están pletóricos de vida y el naranjo rebosante de verdor.
El césped apenas existe ya y el suelo aparece ahora invadido de hiervas bastardas, desmesuradas, insultantes.
La hiedra rebelde, que yo me esforzaba en enseñar y reeducar, atando y sujetando para que se enredara en la verja, en un difícil camino que ella se resistía tercamente a seguir, ahora a rebrotado en una rama larga, enorme como un sueño, que asciende por la pared sin nada que la sujete, enganchándose ella sola, por que sí, por que le da la gana.
Los perros corren por sitios antes vedados para ellos con una confianza absoluta, escarbando aquí y allá sabiendo exactamente donde le pica la espalda al jardín, mientras éste parece reírse con placer
Ya no es mi jardín, ya no es de nadie, existe por sí y para sí, crecido, maduro, salvaje, seco... con una belleza callosa y endurecida.
Ha sobrevivido sin mí o mejor... a pesar de mí... y ahora, de pronto, se ha hecho perfecto a mis ojos enseñándome el absurdo de creerme dueña de lo vivo para cambiarlo. Nada ni nadie cambian sólo porque otro lo desee...

Hundiendo mis manos en su cuerpo le he pedido perdón y me he reconciliado un poco con la vida.

(Del Libro/Plaquette "Saudade" - 2002, de la escritora Silvia Diaz de la Rúa)